La inversión en pozo consiste en ingresar en un proyecto inmobiliario cuando todavía está en etapa de preventa, obra inicial o desarrollo. En lugar de comprar una unidad ya terminada, el inversor entra antes, cuando el activo todavía está en construcción y el precio de entrada suele ser más competitivo.
La lógica detrás de este tipo de operación es simple: asumir más espera y más incertidumbre a cambio de buscar una mejor relación entre precio de ingreso y valor futuro. A medida que el proyecto avanza, la unidad puede aumentar su valor de mercado, y eso hace que muchas personas vean al pozo como una estrategia de valorización dentro del real estate.
Ahora bien, no se trata solo de “comprar más barato”. La inversión en pozo también exige analizar la calidad del desarrollador, la ubicación, el producto, el ritmo de obra, la demanda esperada y la estrategia de salida. Según el caso, el inversor puede apuntar a vender antes o después de la entrega, mantener para renta o simplemente resguardar capital en ladrillos.
Por eso, esta categoría suele interesar a perfiles que buscan posicionarse temprano en proyectos inmobiliarios, entender bien los tiempos y evaluar si el potencial de valorización compensa el riesgo y la espera.